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¡Proteja su oído!

¡Proteja su oído!

¡Proteja su oído!

“Más de ciento veinte millones de personas en el mundo padecen algún tipo de deficiencia auditiva incapacitante.” (Organización Mundial de la Salud.)

EL SENTIDO del oído es un don sumamente valioso. Sin embargo, lo vamos perdiendo a medida que envejecemos. La sociedad moderna, con la gran variedad de sonidos y ruidos que la caracterizan, parece haber acelerado ese proceso. Uno de los científicos principales del Central Institute for the Deaf, una institución para sordos de San Luis (Misuri, EE.UU.), señaló: “Alrededor del setenta y cinco por ciento de la pérdida auditiva que padece un norteamericano de término medio se debe al trato que ha dado a los oídos a lo largo de su vida, y no solo al envejecimiento”.

La exposición intensa a sonidos fuertes, aunque sea breve, puede perjudicar los delicados mecanismos del oído interno. No obstante, la pérdida auditiva suele producirse por “el efecto acumulativo de trabajos ruidosos, aficiones ruidosas y diversiones ruidosas”, indica la doctora Margaret Cheesman, otóloga. ¿Qué podemos hacer a fin de proteger el oído? Para responder a esta pregunta, necesitamos tener ciertas nociones de su funcionamiento.

Los sonidos que oímos

Se diría que el entorno en el que vivimos es cada vez más ruidoso. Un gran número de personas sufren a diario agresiones acústicas de diversas intensidades, desde el estrépito de los automóviles, autobuses y camiones de la calle, hasta el constante estruendo de las herramientas eléctricas del lugar donde trabajan.

A veces agravamos el problema subiendo el volumen de los aparatos de sonido. Un método común de escuchar música es a través de los auriculares de un reproductor portátil de discos compactos o de casetes. Según Marshall Chasin, cofundador de los centros Musicians’ Clinics de Canadá, ciertos estudios realizados en Canadá y Estados Unidos revelan que cada vez más jóvenes sufren pérdida auditiva a consecuencia de usar los auriculares a todo volumen.

Ahora bien, ¿cuándo está el volumen demasiado fuerte? Podemos tener en cuenta tres factores: la duración del sonido, su frecuencia (tono) y su amplitud (intensidad). La duración se refiere sencillamente al espacio de tiempo en que un sonido es perceptible. La frecuencia se mide en ciclos por segundo, o hertzios. Un oído normal, sano, solo percibe los sonidos cuyas frecuencias están comprendidas entre 20 y 20.000 ciclos por segundo.

La unidad de medida de la intensidad se denomina decibel (dB). Una conversación normal tiene una intensidad de alrededor de 60 decibeles. Los audiólogos dicen que cuanto más tiempo permanezcamos expuestos a sonidos superiores a 85 decibeles, mayor será la pérdida auditiva, y cuanto más fuerte sea una emisión sonora, con mayor rapidez se dañará nuestro oído. Un informe publicado en la revista Newsweek señaló: “El oído soporta el ruido de un taladro (100 dB) durante dos horas sin posibles repercusiones, pero no más de treinta minutos en una ensordecedora sala de videojuegos (110 dB). Cada 10 decibeles de aumento se multiplica por diez el ruido que azota nuestros oídos”. Las pruebas confirman que el sonido ocasiona dolor a partir de los 120 decibeles aproximadamente. Aunque parezca increíble, algunos equipos estereofónicos domésticos pueden superar los 140 decibeles (véase el recuadro adjunto).

Para entender por qué nos lastiman los sonidos fuertes, examinemos lo que sucede cuando las ondas sonoras llegan a nuestros oídos.

Cómo funciona el aparato auditivo

La oreja, parte carnosa del oído externo denominada también pabellón auricular, tiene una forma concebida para captar las ondas sonoras y dirigirlas a través del conducto auditivo, por donde llegan enseguida al tímpano. Las ondas hacen que el tímpano vibre, el cual, a su vez, hace vibrar los tres huesecillos del oído medio. Las vibraciones pasan entonces al oído interno, constituido por un laberinto membranoso lleno de líquido encerrado en una cavidad ósea. Las vibraciones se desplazan por el fluido que hay en la parte del oído interno con forma de espiral, denominado caracol, que contiene las células ciliadas. El fluido del caracol activa la parte superior de dichas células, las cuales convierten las vibraciones en impulsos nerviosos. Estos se transmiten al cerebro, donde se descodifican e interpretan como sonidos.

El sistema límbico ayuda al cerebro a determinar a qué sonidos prestar atención y a cuáles no. Por ejemplo, una madre tal vez no sea consciente del ruido que normalmente hace su hijo mientras juega, pero responde de inmediato a su voz de alarma. Al tener dos oídos, escuchamos en estéreo, lo cual es muy útil pues nos permite identificar de dónde proviene el sonido. Ahora bien, cuando se trata del habla, el cerebro solo es capaz de comprender un mensaje a la vez. “Por esa razón, cuando estamos hablando con alguien por teléfono, nos cuesta captar lo que nos dice la persona que está a nuestro lado”, observa el libro The Senses (Los sentidos).

Cómo nos perjudica el ruido

Para entender cómo los sonidos fuertes perjudican nuestros oídos, sirva la siguiente comparación. Un informe sobre seguridad laboral asemeja las células ciliadas a un trigal, y las ondas sonoras que entran en el oído, al viento. Una suave brisa, al igual que un sonido débil, mueve la punta del trigo, pero no lo daña. Ahora bien, si aumenta la velocidad del viento, este ejerce más presión sobre los tallos. Una ráfaga de aire extremadamente fuerte y repentina o la exposición constante y prolongada a vientos de menor intensidad pueden dañar los tallos de modo irreparable y matar la planta.

Algo parecido sucede con el ruido y las diminutas y delicadas células ciliadas del oído interno. Un fuerte sonido explosivo puede rasgar en un instante los tejidos del oído interno y dejar cicatrices que ocasionen una pérdida auditiva permanente. Por otro lado, exponer nuestros oídos a niveles peligrosos de ruido durante un período prolongado puede dañar para siempre nuestras delicadas células ciliadas. Una vez que se han dañado, no les es posible regenerarse, lo que tal vez ocasione tinnitus, que es un zumbido, tañido o rugido en los oídos o en la cabeza.

Proteja el oído y lo conservará por más tiempo

Aunque la pérdida auditiva a veces se hereda y otras veces es causada por un accidente, es posible tomar precauciones para proteger el valioso sentido del oído y conservarlo por más tiempo. De modo que es aconsejable saber con antelación qué pudiera dañarlo. Como dijo una audióloga, “esperar a que surja un problema para tomar medidas es como aplicarse bronceador después de quemarse”.

A menudo lo importante es cómo escuchamos, y no qué escuchamos. Por ejemplo, si utiliza auriculares estéreos, no suba tanto el volumen que no pueda oír lo que sucede a su alrededor. Si el equipo de sonido del automóvil o de la casa está tan alto que es imposible hablar a un volumen normal, es señal de que pudiera dañarle los oídos. Los expertos advierten que exponerse durante dos o tres horas a un sonido de 90 decibeles puede perjudicar la audición. Por ello es recomendable usar tapones para los oídos u otras formas de protección siempre que se esté en un entorno ruidoso.

Los padres deben recordar que los niños son más sensibles al ruido que los adultos; por tanto, han de tener presente el peligro que suponen los juguetes ruidosos. Aunque parezca increíble, algunos sonajeros emiten sonidos de hasta 110 decibeles.

El oído es un pequeño, delicado y maravilloso mecanismo. Gracias a él percibimos la gran variedad de hermosos sonidos del mundo que nos rodea. Sin lugar a dudas, merece la pena que protejamos este valioso don.

[Recuadro de la página 20]

Intensidad aproximada de algunos sonidos comunes

• Respiración: 10 decibeles

• Susurro: 20 decibeles

• Conversación: 60 decibeles

• Tráfico en hora punta: 80 decibeles

• Licuadora: 90 decibeles

• Tren: 100 decibeles

• Motosierra: 110 decibeles

• Avión de reacción: 120 decibeles

• Disparo de escopeta: 140 decibeles

[Recuadro de la página 21]

Es posible que se esté quedando sordo si:

• sube el volumen de la radio o la televisión y a los demás les molesta.

• constantemente le tiene que pedir a su interlocutor que repita lo que ha dicho.

• a menudo frunce el ceño, se inclina hacia adelante y gira la cabeza a fin de escuchar a quien le habla.

• le cuesta trabajo oír lo que se dice en reuniones públicas o cuando hay ruido de fondo, como en las reuniones sociales o en una tienda concurrida.

• con frecuencia depende de que los demás le repitan lo que se dijo.

[Ilustración de la página 20]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

Pabellón auricular

Los tres huesecillos del oído medio

Tímpano

Caracol

Nervios que envían señales al cerebro